
lunes, 10 de enero de 2011
Black Swan (Cisne negro), de Darren Aronofsky

miércoles, 18 de noviembre de 2009
Requiem por un sueño (Requiem for a dream)
Requiem por un sueño (Requiem for a dream) narra de manera vertiginosa la vida de Sara Goldfarb (Ellen Burstyn), una viuda que acaricia el sueño de bajar de peso con tal de entrar en su vestido rojo y así poder salir en un infame programa de televisión luciendo fenomenal; su hijo Harry Goldfarb (Jared Leto), un adicto a la heroína que tiene el sueño de iniciar un negocio de modas junto con su novia Marion Silver (Jennifer Connelly) quien, además de ser también adicta a la heroína, es la hija de una familia pudiente; y el amigo de estos últimos, Tyrone C. Love (Marlon Wayans), que sueña con salir de su marginal vida en las calles de Nueva York.
La película está compuesta por tres partes: Verano, Otoño e Invierno, siendo el Verano la parte en la que se da la apariencia de que todo irá bien a los protagonistas. Sin embargo, todos los acontecimientos comienzan a ir en declive a partir del Otoño: Sara comienza a obsesionarse con la cuestión de su peso, al grado que se hace adicta a las anfetaminas; Harry y Marion se hunden en una serie de problemas banales que sin embargo adquieren proporciones exageradas debido a su adicción cada vez más profunda a la heroína y a la súbita carencia de ésta en el mercado; y Tyrone, de haber sido ascendido a dealer con más reponsabilidades, de pronto termina en la cárcel por haber salido enredado en una balacera entre narcotraficantes, aunque con los ahorros logrados en los tiempos de prosperidad, Harry paga la fianza de su amigo. Para el Invierno, los problemas de los protagonistas alcanzan el climax: Sara está a punto de enloquecer por la mezcla de su obsesión por el programa de televisión y el consumo desenfrenado de anfetaminas; Harry tiene una espantosa infección en el brazo en el que suele inyectarse hasta que es necesario amputárselo en el hospital de la cárcel, Marion termina prostituyéndose para costear su adicción y a Tyron le espera un largo tiempo de trabajos forzados en la cárcel.
El ritmo visual de la película de Aronofsky hace que el espectador experimente, en menos de dos horas, los altibajos que producen los sueños vanos de los protagonistas y el terrible y crudo despertar a la realidad que sufre cada uno de ellos.
jueves, 23 de julio de 2009
El luchador (The wrestler), dirigida por Darren Aronofsky
Randy "The Ram" Robinson es un luchador profesional cuyos mejores años se sitúan en la década de los ochenta, cuando fue una de las estrellas más grandes del espectáculo de la lucha libre en los Estados Unidos. Tanto así que incluso inspiró un videojuego en la primera consola de Nintendo y un muñeco de acción, los cuales usará, al igual que los añejos recortes de diarios que tiene diseminados en su furgoneta, para recordar sus viejas glorias. Sin embargo, veinte años después es sólo una sombra de sí mismo, un viejo que respira afanosamente, un tanto sordo, y que se gana el pan de cada día con luchas de exhibición en gimnasios de baja categoría, con las que apenas logra obtener los dólares suficientes para pagar la renta de su mísero remolque. El resto del dinero lo obtiene entre semana como afanador en una tienda departamental en la que no es nadie, salvo un montón de músculos ajados que sirven para mover cajas de aquí para allá.Al terminar una lucha vesánica en la que emplean desde engrapadoras hasta alambres de púas o mesas de cristal, todo con tal de brindar un espectáculo más intenso al público, Randy sufre un ataque al corazón del cual apenas logra sobrevivir. Después de ello los doctores le aconsejan no volver a luchar, a menos de que esté dispuesto a salir con los pies por delante. Entonces, pese a que la lucha es lo único que da sentido a su existencia, Randy decide retirarse, e incluso consigue empleo como despachador de embutidos en la misma tienda en la que solía cargar cajas, acallando los rugidos de la multitud que habitaban sin cesar en su mente, y dirigiéndose hacia sus últimos días en medio de una vida sin sobresaltos. Además, al saberse tan cercano a la muerte, decide buscar a su propia hija, de la que no había vuelto a saber desde hacía muchos años, con el fin de reconciliarse con ella y recuperar un poco del tiempo perdido.
Y todo parece tomar un cariz sensato en adelante, porque incluso vislumbra la posibilidad de que Pam (su amiga stripper que bajo el nombre de Cassidy, naufraga como el propio Randy en la decadencia de sus más de cuarenta años, provocando las burlas de adolescentes derrochadores de testosterona, y que en la vida cotidiana es la anónima madre de un niño de 9 años) podría ser la compañía perfecta para desterrar esa soledad que los acosa a ambos. Sin embargo, huir de la falsedad del mundo de los reflectores no es tan fácil para ninguno de los dos. Y así se lo hace ver la propia Pam la noche en que él le sugiere que comiencen juntos una nueva vida completamente alejada de lo que habían sido hasta entonces. Es decir, lo trata sólo como un cliente más, despedazando cualquier ensoñación que pudiera haber nacido en los anhelos de Randy. Molesto y decepcionado, Randy regresa al gimnasio, aunque esta vez como espectador, y al final se va de juerga con sus antiguos compañeros, lo que ocasionará que esa nueva vida que recién nacía en él, se precipite a las cenizas. Debido a los excesos de la noche anterior, llegará tarde a una cita con su hija, quien no querrá volver a verlo jamás, y Randy, presa de la desesperación, aceptará una última función de gala en homenaje a aquella lucha mítica que le brindara sus únicos momentos de gloria veinte años atrás. Él sabe que esa lucha puede significar su muerte, y acaso por ello se despide de sus adorados fans en un breve discurso antes de que todo comience. Y ni siquiera la llegada de una arrepentida Pam poco antes del inicio hará que cambie de opinión. Para esas alturas su destino ya está marcado por la ineludible fuerza de los sueños que se van...
Con El Luchador (The Wrestler), estamos ante un Darren Aronofsky más contundente y maduro como director (después de la engañosa La fuente de la vida de 2005), en una película que explora con crudeza y sin artificios de ningún tipo, las profundidades del destino y la naturaleza humana de una serie de personajes que se saben inevitablemente perdedores, pero que aún son capaces de darlo todo por un sueño, por más fatídico que éste sea.
viernes, 20 de febrero de 2009
π (Pi: el orden del caos), dirigida por Darren Aronofsky
Acaso lo que más se parezca a esa clave aparentemente irrepetible, sean las cotizaciones de la bolsa de valores. Y por ello Max intenta predecirlas mediante complejos algoritmos que va introduciendo en Euclides, su amada supercomputadora. Un día es abordado por un grupo de místicos judíos, quienes le hablan acerca del sorprendente parecido entre las matemáticas y la Torah, ya que el nombre secreto de Dios, aquel que se guardaba celosamente en la antigua Arca de la Alianza, se perdió cuando fue destruido el templo de Salomón, y consta, según la tradición, de 216 letras acomodadas en una forma misteriosa. A pesar de su agnosticismo, Max no deja de ser inspirado por los comentarios de los místicos, y crea un programa con el que al poco tiempo consigue predecir una pequeña serie de números, seguidos por una larga serie de otros números aparentemente absurdos que ya no tenían que ver con lo que buscaba y que fundirán el procesador de la computadora, generando al mismo tiempo una sustancia viscosa en sus circuitos.
Desconsolado, Max cree que ha fracasado en la búsqueda que lo obsesiona y tira tanto el papel con los números como el viejo procesador. Acude con su viejo maestro, quien le confiesa que él también estuvo obsesionado con π, y que se encontró con las mismas dificultades cuando intentó averiguar un patrón en el número irracional, y que al final sospechó que esos números que provocaban las fallas en los ordenadores, podrían estar mucho más allá de ser sólo errores del software; es decir, podrían esconder alguna clase de secreto fundamental que podría terminar enloqueciendo al propio Max.
Cuando la bolsa cae inesperadamente, Max reconoce algunos de los números que había tirado por creer absurdos. Entonces acepta el patrocinio que le ofrece un corporativo a cambio de que facilite los resultados de las predicciones de la bolsa, cuyo patrón podría representar billones de dólares en ganancias. Pone el nuevo procesador en Euclides y retoma su investigación, la cual poco a poco, lo va hundiendo en un misterioso conocimiento de la vida y su forma de basarse en las espirales: desde el movimiento de una hormiga, hasta las agitaciones que provoca el viento en los árboles. Entonces se verá asediado por la gente del corporativo que quiere a como dé lugar ese conocimiento, así como los estudiantes de la Torah, que están seguros de que Max ha dado circunstancialmente con el nombre secreto de Dios y lo atosigan para que les revele el secreto. Al final, ese conocimiento, aunado con sus cada vez más intensas migrañas orillarán a Max a tomar una decisión radical contra él mismo, lo que dará como resultado un nuevo hombre, mucho más apto para disfrutar de los pequeños detalles de la existencia.
π (Pi: El orden del caos), a pesar de ser la ópera prima de Darren Aronofsky, es ya una película de culto gracias al enigma y belleza que subyacen en el misterio de π y su relación con la vida. Asombrosa por el ritmo, la trama y la fotografía, así como por la gran actuación de Sean Gullette como Max Cohen, un personaje complejo y entrañable, el debut de Darren Aronofsky es aún recordado como un acontecimiento regenerador para el cine norteamericano a finales del siglo XX, empalagado casi hasta el ahogo por los excesos hollywoodenses.
